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Aprender a aprender y aprender a desaprender

Palabras del Director del ICDA, Dr. Alejandro Bernhardt, durante la pasada 55ª entrega de títulos de pregrado de la Universidad Católica de Córdoba.

 

Viernes, 10 de noviembre de 2017.

Autoridades, egresados, colegas, invitados especiales, muy buenas tardes:

Mis felicitaciones a los egresados de carreras de pregrado de la Universidad Católica de Córdoba que hoy reciben sus respectivos títulos.

Ustedes son protagonistas de una transición en el mundo de la capacitación, entre quienes nos formábamos, exagerando el concepto, de una vez y para siempre, y quienes viven el desafío de la formación permanente.

Las conexiones entre una y otra realidad tienen que ver con la prolongación de la expectativa de vida de las personas, y con el ritmo de cambio de la tecnología y de las formas de vinculación en el mundo empresario y laboral.

Hasta hace unas décadas, cuando la esperanza de vida apenas superaba los 60 años, las características de la realidad vigente al momento de iniciar el proceso educativo no diferían demasiado de las propias de la realidad posterior, las de la época en la que se abandonaba el mercado laboral.

La opción era, entonces, «estudiar lo que la vocación indicaba», y la cuestión estaba resuelta, casi para toda la vida. Hoy, en cambio, la vida misma se prolonga, y con ella la vida laboral. Junto con esta prolongación, los conocimientos se vuelven obsoletos cada vez con mayor rapidez, y las organizaciones demandan un enriquecimiento acelerado y permanente del saber hacer. Y la misma demanda se presenta en relación al «saber hacer hacer», es decir acerca de la capacidad de liderazgo de las personas. La resolución de ambas cuestiones es indispensable para colocarnos a la altura de los desafíos, desde lo personal y desde lo institucional.

Debemos transitar por el ciclo aprender —desaprender— aprender una mayor cantidad de veces a lo largo de nuestra vida, no sólo porque la vida misma se prolonga, sino porque la duración de este ciclo se reduce al compás del impacto que las tecnologías producen sobre las formas de desenvolverse en el mundo laboral. La figura clásica de «mi hijo el doctor», paradigma educativo al que se aferraban nuestros antepasados inmigrantes, se volvió obsoleta hace tiempo. Ahora, el tipo de formación y las metodologías a través de las cuales se pugna por evitar esa obsolescencia cambian de formatos a una velocidad inimaginable en la época en la cual ese paradigma tuvo algún significado práctico. Las carreras clásicas, que le daban respuesta, ya son sólo una proporción, seguramente decreciente, de la variedad de formatos educativos.

La distancia temporal que media entre el comienzo de la educación inicial y la salida del mercado laboral activo en breve estará por los 70 años, e incluso más. Durante este período será necesario compatibilizar en forma permanente las capacidades, las habilidades y las competencias de las personas con los requerimientos necesarios para su desempeño productivo.

Aprender a aprender y aprender a desaprender, y esto no es un juego de palabras, casi con certeza será la competencia esencial que deberán fortalecer las personas en el futuro, es decir, mañana.

Como nunca antes, tenemos a nuestra disposición un volumen de información imposible de procesar con las metodologías y herramientas utilizadas hasta hace poco. Disponemos de exceso de información, y ahora el verdadero problema está en desarrollar mecanismos y modelos mentales que nos permitan transformarla en insumos útiles para los procesos decisorios que debemos afrontar, en entornos que varían a una velocidad de vértigo.

Por lo tanto, las necesidades de formación de las personas cambian al mismo ritmo vertiginoso, y presionan la capacidad de respuesta de las instituciones cuya misión consiste en modelar soluciones que las satisfagan. Carreras de grado clásicas, carreras de pregrado, programas de posgrados, cursos focalizados, soluciones a medida codiseñadas y coproducidas por demandantes y oferentes son sólo algunos de los componentes del menú que será, y ya está siendo, la realidad del mundo de la educación.

La robotización, por su parte, seguirá haciendo lo suyo para aumentar el calibre de los desafíos. Hasta hace poco sólo era concebible el reemplazo del esfuerzo laboral humano en trabajos manuales, mecánicos y repetitivos. Ahora ya sabemos que, por ejemplo, los robots nos reemplazarán en especialidades legales, resolviendo situaciones en tiempos imposibles de lograr aún por el más avezado experto, así como las máquinas continuarán reemplazándonos crecientemente en capítulos enteros de las ciencias de la salud.

La trinchera donde se refugiará la prevalencia de lo específicamente humano sin dudas será nuestra capacidad de adaptación y algo que seguramente por largo tiempo la robotización no será capaz de arrebatarnos, en ningún ámbito profesional: me refiero a la comunicación interpersonal, al desarrollo de la empatía y a la comprensión del otro, en tanto persona.

Señores egresados, bienvenidos al futuro, que ya es presente, en el que desde nuestra Universidad, que por egresar de ella seguirá siendo también la Universidad de todos ustedes, estamos prestos para continuar acompañándolos como hasta ahora.

Muchas gracias.

José Alejandro Bernhardt